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Olga Monárdez, la mujer que cultiva flores y cosecha historias de vida en Andacollo

2 noviembre, 2026

Desde el lugar donde nació y creció, esta agricultora y emprendedora ha dedicado cerca de 25 años al cultivo de flores, superando las dificultades del campo con esfuerzo, aprendizaje y amor por la naturaleza. Hoy, sus flores no solo adornan los hogares de la comuna, sino que también acompañan las emociones y las historias de quienes las reciben.

En medio de árboles frutales, parras, flores y el canto de los pájaros, Olga Monárdez encuentra algo que para ella no tiene precio: la tranquilidad de vivir en el lugar que la vio nacer. En este rincón del campo andacollino, donde cada sendero guarda recuerdos de su infancia, ha construido una vida ligada a la tierra y un emprendimiento que, durante años, le ha permitido compartir su trabajo y su cariño con las familias de la comuna.

Su historia comienza precisamente allí, en la casa donde nació y creció junto a sus padres y sus cuatro hermanos. De aquellos años conserva recuerdos de una infancia que describe como hermosa, marcada por los juegos al aire libre, la cercanía familiar y una vida en la que la comunicación y el tiempo compartido tenían un lugar fundamental.

Desde pequeña aprendió a conocer la tierra. Acompañaba a su familia en las labores del campo, ayudaba con el riego de los árboles y cuidaba la fruta para evitar que los pájaros se la comieran. También recuerda con especial cariño a su abuela, quien sentía una profunda pasión por las flores y cultivaba distintas especies en los cerros del sector.

Fue en esa convivencia cotidiana donde nació una de sus grandes pasiones, una que años más tarde se convertiría en su oficio y su sustento. “Hay dos cosas en la vida que me han gustado mucho, mucho, mucho, que son las flores y el tango”, cuenta Olga, dejando entrever que su vínculo con las plantas va mucho más allá del trabajo: es parte de su identidad y de los recuerdos que la acompañan desde niña.

Hace 25 años, Olga decidió establecerse en el terreno familiar y comenzar a construir su propio camino. El lugar, recuerda, estaba cubierto de piedras y matorrales, y convertirlo en el espacio productivo que es hoy exigió esfuerzo, paciencia y una gran capacidad para aprender.

Aunque conocía las labores del campo, el cultivo de flores bajo invernadero era un desafío completamente distinto. Debía aprender sobre preparación de la tierra, sistemas de riego, instalación de camellones y cuidados específicos para cada planta.

“Lágrimas de sangre”, recuerda entre risas al hablar de sus comienzos. Muchas veces no entendía las indicaciones técnicas y sentía vergüenza de preguntar. Sin embargo, lejos de abandonar, fue aprendiendo paso a paso, hasta adquirir los conocimientos necesarios para manejar su producción.

Uno de sus primeros grandes desafíos fue el cultivo de claveles, una tarea que llegó a exigirle el cuidado de cerca de 20 mil plantas. El trabajo era intenso y comenzaba mucho antes de que saliera el sol.

Con el tiempo, logró incorporar ayuda y seguir perfeccionándose. Lo que al principio parecía imposible se transformó en experiencia y autonomía. “Hoy día, si se me rompe una manguera o una cinta de riego, la cambio. Ahora me causa mucha risa, porque antes no sabía cómo hacer nada de eso”, relata.

Su recorrido refleja una realidad que muchas veces permanece invisible detrás de un emprendimiento: el sacrificio cotidiano, las horas de trabajo y la perseverancia necesaria para convertir una idea en un proyecto de vida.

Cultivar con respeto por la naturaleza

Con los años, Olga también ha ido adaptando sus métodos de cultivo, buscando alternativas que le permitan cuidar sus flores sin recurrir a productos químicos.

En sus plantaciones ha aprendido a utilizar hierbas medicinales y aromáticas, como la menta, la hierbabuena, la lavanda, el romero y la ortiga, para ayudar a controlar la presencia de insectos. Además, elabora preparados naturales a partir de estas plantas, aprovechando sus propiedades y evitando desperdiciar los recursos disponibles.

“He ayudado a mucha gente con el tema de las flores. Les he enseñado a plantar, a cortar y a cuidarlas. Me gusta mucho que la gente aprenda, porque la idea es no seguir contaminando el mundo con químicos”, explica.

Para ella, compartir sus conocimientos también forma parte de su manera de entender el trabajo. No se trata únicamente de producir y vender, sino de ayudar a otros a descubrir que, con dedicación y aprendizaje, es posible desarrollar sus propias capacidades.

Sin embargo, el camino no ha estado libre de obstáculos. La escasez de agua ha sido una de las experiencias más difíciles que le ha tocado enfrentar, especialmente cuando la falta de riego la obligó a perder numerosas plantas.

Recuerda con dolor los momentos en que debió arrancar y desechar flores que había cuidado durante meses. El agua que recibía para mantener sus cultivos no siempre era suficiente ni tenía las condiciones que sus plantas necesitaban.

Frente a este escenario, la agricultora ha debido aprender a observar el clima, ajustar sus calendarios y tomar decisiones con mayor cautela. También mantiene una relación de colaboración con otras floristas, con quienes intercambia productos cuando alguna no dispone de determinadas especies.

“Todos los días nunca terminas de aprender”, afirma, consciente de que el conocimiento adquirido durante décadas no elimina los desafíos que impone una naturaleza cada vez más cambiante.

Pese a las pérdidas y la incertidumbre, su respuesta sigue siendo la misma: buscar alternativas, adaptarse y continuar mientras las fuerzas la acompañen.

En Andacollo, el trabajo de Olga es conocido por las flores que entrega a sus clientas. Pero detrás de cada venta existe un vínculo que se ha ido fortaleciendo con el tiempo. Las visitas y entregas se han convertido también en espacios de conversación, en los que muchas personas comparten sus alegrías, preocupaciones y tristezas. Olga escucha, acompaña y comprende que, en ocasiones, una visita puede significar mucho más que recibir un ramo.

“Ya no son mis clientas las señoras en Andacollo, son mis amigas. Siempre me están contando algo que tienen, una pena, y siempre estoy tratando de escucharlas”, cuenta con emoción.

Es ahí donde su historia adquiere un significado especial. Las flores que cultiva con sus propias manos no solo representan el resultado de su trabajo, sino que también se convierten en una forma de acompañar a otras personas. En cada entrega hay tiempo, dedicación y una relación humana que trasciende lo comercial.

Cuando mira hacia atrás, Olga se siente orgullosa de todo lo que ha conseguido por sus propios medios. Sabe que muchas personas ven el resultado de su esfuerzo, pero no necesariamente conocen las madrugadas, el cansancio, las dificultades económicas o las veces que tuvo que empezar nuevamente.

Por eso, su mensaje para las mujeres que sueñan con emprender es claro: no rendirse antes de intentarlo. “Todo se puede lograr en la vida, es cosa de proponérselo. No todo es fácil, hay cosas que son muy difíciles, pero hay que intentarlas nomás. En el intentarlo te resulta”, aconseja.

Un sueño que quiere ver florecer en casa

Hoy, después de tantos años de trabajo, Olga comienza a pensar en una nueva etapa. Quiere seguir vinculada a las flores, pero también busca una forma de trabajar que le permita disminuir los largos desplazamientos, la carga física y el esfuerzo de trasladar sus productos.

Su próximo sueño es instalar una florería en su propia casa, rodeada de jardines que ya ha comenzado a proyectar y preparar. “Me va a quedar hermoso, porque voy a hacer jardines muy lindos, así como mis flores”, dice ilusionada.

No se trata de dejar atrás aquello que ha construido, sino de darle continuidad de una manera diferente, permaneciendo en el lugar que ama y desde donde ha levantado su emprendimiento.

Para Olga, volver a mirar su historia también ha sido una oportunidad para reconocer cuánto ha avanzado y cuánto esfuerzo hay detrás de cada logro. Espera que su experiencia pueda servir de inspiración a otras mujeres que desean emprender, pero que todavía no encuentran la confianza para dar el primer paso.

En el campo donde nació, entre los recuerdos de su familia y el cuidado diario de sus plantas, Olga Monárdez continúa cultivando mucho más que flores. Cultiva autonomía, generosidad y vínculos que se fortalecen con el tiempo.

Y mientras sus manos sigan encontrando fuerzas para cuidar la tierra, seguirá haciendo aquello que ha marcado su vida: trabajar con amor, compartir lo aprendido y entregar, junto a cada flor, un pedacito de su propia historia.

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