Con más de ocho décadas bailando frente a la Virgen de Andacollo, Marcelino es parte viva de la historia y la tradición religiosa de la comuna. Pese a los problemas de salud y movilidad que enfrenta, continúa liderando con orgullo el Baile Religioso Danza N°5, convencido de que mientras tenga fuerzas seguirá cumpliendo la promesa que marcó su vida desde la infancia.
Su historia comenzó cuando apenas tenía dos años. Fue su madre quien hizo la promesa de que su hijo bailaría para la Virgen, un compromiso que don Marcelino abrazó como propio y que ha mantenido por más de 82 años. Primero fue tamborero, luego acordeonista y, con el paso del tiempo, asumió la responsabilidad de dirigir uno de los bailes religiosos más tradicionales de Andacollo.
«Para mí es una cosa muy bonita. Me emociono mucho cuando veo a la Virgen», relata con sencillez, reflejando una devoción que ha permanecido intacta a lo largo de su vida.
El Baile Religioso Danza N°5, que recientemente celebró dos siglos de existencia, forma parte del patrimonio cultural y espiritual de la comuna. Don Marcelino recuerda que llegó desde Tamaya gracias a un familiar y que, en sus mejores años, reunía a más de un centenar de integrantes. Hoy son cerca de 30 los danzantes que mantienen viva esta tradición.
Hace algunos años una grave enfermedad lo obligó a permanecer postrado durante más de un año. Aunque las secuelas aún afectan una de sus piernas y debe desplazarse principalmente en vehículo, no ha dejado de participar en las festividades religiosas. «Mi chinita siempre me ha salvado», afirma con profunda convicción, atribuyendo a la Virgen la fortaleza que le ha permitido seguir adelante.
Pero la historia de don Marcelino va mucho más allá del baile. Como muchos andacollinos, dedicó gran parte de su vida a la minería, trabajando en distintos yacimientos de la zona para sacar adelante a su familia. «La familia es lo más grande que hay. Uno tiene que cuidar a sus hijos y a su señora», recuerda, resumiendo los valores que han guiado su camino.
También fue conocido por ejercer el oficio de componedor de huesos, un conocimiento heredado de sus abuelos que, según cuenta, recibió como un don familiar y que puso al servicio de quienes necesitaban alivio.
Entre los recuerdos de su infancia aún conserva la imagen de un Andacollo distinto, lleno de árboles, agua y campos donde su familia cultivaba gran parte de sus alimentos. Son memorias que hoy comparte con nostalgia, consciente de cuánto ha cambiado la comuna con el paso del tiempo.
Con la misma humildad que lo ha acompañado siempre, don Marcelino mantiene un anhelo que resume toda una vida de fe: llegar bailando a la celebración de los 350 años de la llegada de la Virgen de Andacollo. Un sueño que refleja el profundo amor de un hombre que ha dedicado su existencia a honrar una promesa y a mantener viva una de las tradiciones más significativas de la comuna.